Economía naranja y desarrollo territorial: crear valor desde la identidad, la cultura y la creatividad

por Diego Bresler

Economía naranja y desarrollo territorial: crear valor desde la identidad, la cultura y la creatividad

Economía naranja y desarrollo territorial: crear valor desde la identidad, la cultura y la creatividad 479 479 Alejandro Juancorena

Un territorio también se reconoce con los sentidos. En una canción, una receta, una fiesta, una tipografía, un oficio aprendido entre generaciones o una manera particular de contar su propia historia. Esas expresiones suelen quedar al margen cuando hablamos de desarrollo, como si fueran decoración y no parte de la economía y de la identidad que la sostiene.

La economía naranja propone mirar de otra manera ese patrimonio vivo. La creatividad, la cultura y el conocimiento pueden producir empleo, ingresos, innovación y diferenciación. Pero su valor no aparece solo porque exista talento: necesita condiciones para circular, profesionalizarse y encontrar mercados sin perder aquello que lo vuelve singular.

No se trata de convertir toda expresión cultural en un negocio. Se trata de reconocer que la cultura también puede abrir futuro.

Una economía hecha de intangibles

Diseño, audiovisual, música, gastronomía, moda, videojuegos, editorial, artesanías, arquitectura, producción digital, publicidad, turismo cultural y patrimonio forman parte de un ecosistema cada vez más relevante.

Son actividades distintas, pero comparten una característica: producen valor a partir de ideas, conocimiento, talento, identidad y creatividad. En un mundo donde los activos intangibles pesan cada vez más, esa capacidad se vuelve estratégica.

La creatividad deja de ser un atributo individual o artístico para convertirse en una fuerza productiva y en un motor del desarrollo. Puede generar ingresos, empleo, diferenciación territorial, nuevas narrativas, revitalización urbana y oportunidades para actores que no siempre encuentran lugar en economías o segmentos más tradicionales.

El territorio como diferencial

La economía naranja no ocurre en el aire. Ocurre en ciudades, barrios, comunidades rurales, circuitos culturales, redes de productores y ecosistemas locales de innovación.

Cada territorio tiene una combinación propia de historias, símbolos, lenguajes, saberes, paisajes y expresiones culturales. Cuando esas capacidades se conectan con formación, diseño, tecnología, financiamiento, comercialización y políticas de largo plazo, pueden convertirse en palancas de cambio con fuerte arraigo local.

Por eso, la economía naranja no debería pensarse como una receta exportable. Su potencia aparece cuando se apoya en lo singular: aquello que hace reconocible, deseable y valioso a un territorio.

Profesionalizar sin homogeneizar

Uno de los grandes desafíos es fortalecer capacidades económicas sin vaciar autenticidad cultural. Muchos emprendimientos creativos enfrentan problemas de formalización, financiamiento, propiedad intelectual, comercialización, logística, escala o sostenibilidad.

Resolver esos problemas no significa estandarizar todo. Significa crear mejores condiciones para que las expresiones creativas puedan circular, crecer y sostenerse sin perder identidad y arraigo.

Profesionalizar puede ser mejorar una estrategia de comunicación, ordenar costos, proteger una marca colectiva, acceder a nuevos mercados, incorporar tecnología o construir redes de cooperación. La clave está, otra vez, en que el desarrollo no convierta la cultura en una mercancía genérica, sino en una fuente genuina de valor territorial.

Creatividad e inclusión

La economía creativa también puede abrir oportunidades para jóvenes, mujeres, emprendedores, colectivos culturales y comunidades vulnerables con menor acceso a circuitos económicos tradicionales.

En territorios atravesados por la desigualdad, la cultura puede ser mucho más que expresión (y esto ya es super valioso en si mismo) Puede ser también pertenencia, organización, formación, trabajo, ciudadanía y autonomía económica.

Esto exige mirar a los actores creativos no solo como artistas o emprendedores individuales, sino como parte de ecosistemas que necesitan infraestructura cultural, espacios de intercambio y circulación, financiamiento, acompañamiento técnico y articulación público-privada.

Tecnología, cultura e innovación

La separación entre cultura, tecnología y producción resulta cada vez menos útil. Las industrias creativas se cruzan con plataformas digitales, inteligencia artificial, diseño, experiencias inmersivas, economía del conocimiento, comunicación y nuevos modelos colaborativos.

Esa intersección abre posibilidades enormes, pero también exige capacidades: acceso a herramientas, formación, conectividad, derechos, mercados y criterios de sostenibilidad.

La creatividad como infraestructura

El futuro de muchos territorios no dependerá solamente de recursos físicos o naturales. También dependerá de la capacidad de transformar identidad, conocimiento, cultura y talento local en oportunidades económicas, sociales y territoriales.

La economía naranja representa justamente esa posibilidad: producir desarrollo a partir de aquello que hace únicos a los territorios y a las comunidades que los habitan.

Profesionalizar no debería significar homogeneizar. Una marca, una estrategia comercial o una herramienta digital tienen sentido cuando ayudan a que una expresión circule mejor sin borrar su origen ni convertirla en una versión genérica de lo que el mercado espera.

También hay una dimensión de inclusión importante de atender: para jóvenes, mujeres, colectivos culturales y comunidades que encuentran barreras en circuitos económicos tradicionales, la cultura puede ser trabajo, pertenencia y autonomía al mismo tiempo.

Tal vez ahí esté la mayor potencia de la economía creativa: generar valor a partir de aquello que un territorio ya sabe hacer, imaginar y contar. No importar una identidad para desarrollarse, sino descubrir qué puede construir desde la propia.

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[posse, -ntia] Latín

“Comunicar fuerza o energía a una cosa o incrementar la que ya tiene”.

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