Jeaneth Cabrera

Construir capacidades de gestión para un desarrollo sostenible

Construir capacidades de gestión para un desarrollo sostenible 934 934 Alejandro Juancorena

Una de las pruebas más exigentes para cualquier proceso de desarrollo llega cuando el acompañamiento externo empieza a retirarse. ¿Quién convoca? ¿Quién ordena la información? ¿Quién sostiene los acuerdos, administra los recursos o adapta una estrategia cuando cambian las condiciones? Es en ese momento cuando se vuelve visible si el proceso dejó capacidades o solamente dejó actividades realizadas.

Las estructuras externas pueden aportar escala, recursos y conocimiento especializado. El límite aparece cuando la capacidad de decisión, coordinación y aprendizaje permanece afuera. Un territorio puede recibir una intervención valiosa y, sin embargo, no quedar en mejores condiciones para sostenerla cuando cambian los equipos, los presupuestos o las prioridades.

El desarrollo no puede administrarse exclusivamente desde afuera

En muchos territorios existen programas, proyectos e inversiones impulsados desde agentes externos que generan resultados iniciales positivos, pero que luego se debilitan, pierden continuidad o desaparecen cuando finaliza el acompañamiento técnico y el financiamiento.

Sin construcción de capacidades territoriales, los procesos quedan atados a lógicas de dependencia permanente. El territorio puede recibir intervenciones valiosas, pero no necesariamente queda en mejores condiciones para sostenerlas, adaptarlas o proyectarlas en el tiempo.

Transferir recursos no es lo mismo que desarrollar capacidades

Uno de los errores más frecuentes consiste en asumir que descentralizar financiamiento equivale automáticamente a fortalecer territorios. Pero transferir recursos sin fortalecer instituciones, liderazgos, redes, capacidades organizacionales, sistemas de información o mecanismos de gobernanza puede incluso profundizar desigualdades o fragmentaciones preexistentes.

La verdadera transferencia de gestión, por llamarlo de algún modo, implica generar condiciones para que los actores locales puedan decidir, coordinar, priorizar, implementar, sostener acuerdos y adaptarse a contextos cambiantes.

Se trata de construir capacidad para que los recursos, que llegan o que se movilizan en los territorios, puedan ser administrados con criterio estratégico, autonomía, legitimidad, transparencia y visión de largo plazo.

Los territorios producen conocimiento

Con frecuencia, las estrategias tradicionales parten de una lógica donde el conocimiento técnico parece venir exclusivamente desde afuera. Sin embargo, los territorios cuentan con experiencia, conocimiento situado, redes sociales, capacidad de adaptación, memoria institucional, liderazgo comunitario y comprensión profunda de sus dinámicas locales.

Eso no significa idealizar los territorios ni desconocer sus limitaciones. Significa reconocer que las soluciones sostenibles rara vez pueden imponerse de manera completamente externa.

Los procesos más sólidos suelen ser aquellos donde el conocimiento técnico y los saberes territoriales logran complementarse. Cuando eso ocurre, las intervenciones dejan de ser respuestas importadas y empiezan a convertirse en estrategias desarrollas por los propios actores locales.

Las iniciativas que contemplan la mirada, conocimientos, expectativas, dinámicas de poder y de participación local suelen generar mayores niveles de compromiso, apropiación y sostenibilidad que aquellas diseñadas exclusivamente desde ámbitos externos.

La proximidad mejora la capacidad de respuesta

Los actores locales poseen algo que muchas veces las estructuras centralizadas no pueden reemplazar: proximidad. Esa cercanía permite identificar problemas más rápidamente, comprender dinámicas sociales complejas, construir confianza, adaptar estrategias y sostener vínculos cotidianos con la comunidad.

En contextos de alta complejidad e incertidumbre, esa capacidad de adaptación territorial resulta estratégica. Los territorios cambian constantemente y las respuestas rígidas suelen perder efectividad rápidamente. Por eso, fortalecer capacidades locales no es solo una cuestión de justicia territorial sino también una condición de eficacia y de eficiencia.

Transferir gestión también es distribuir poder

Toda discusión sobre desarrollo territorial implica, de algún modo, una discusión sobre poder: quién decide, quién prioriza, quién administra recursos, quién produce conocimiento y quién define el futuro del territorio.

Transferir gestión no significa abandonar territorios a su suerte ni retirar acompañamiento técnico. Implica construir nuevas formas de articulación donde gobiernos locales, organizaciones sociales, cooperativas, universidades, empresas, comunidades y actores territoriales puedan asumir progresivamente mayores niveles de protagonismo y capacidad de decisión.

Sin embargo, este tipo de gobernanza territorial colaborativa, no se construye automáticamente. Requiere formación, acompañamiento, fortalecimiento institucional, construcción de confianza, reglas claras, sistemas de información, mecanismos de coordinación sostenibles y co-creación de capacidades y de soluciones.

Cuando participar no alcanza para transformar

Cuando participar no alcanza para transformar 934 934 Alejandro Juancorena

Después de muchos talleres participativos suele quedar una pared llena de post-its, un mapa de problemas muy completo y la sensación de que la conversación fue buena, útil, necesaria. Meses más tarde, sin embargo, no siempre está claro qué decisión cambió, quién quedó responsable de qué o cómo se va a sostener lo acordado. Ese desfasaje entre participación y acción aparece una y otra vez en procesos territoriales o de planificación participativa. No porque escuchar sea innecesario, sino porque escuchar es apenas una parte del trabajo. La participación produce transformación cuando logra convertirse en prioridades, reglas, responsabilidades y capacidad de actuar (de hacer) juntos.

Cinco errores se repiten con especial frecuencia.

Error 1: creer que reunir actores alcanza

Sentar actores diversos alrededor de una mesa es importante, pero no suficiente. La participación, por sí sola, no garantiza acuerdos, gobernanza, implementación, sostenibilidad ni impacto.

Muchas veces los espacios participativos funcionan como instancias de expresión: permiten escuchar, reconocer demandas y construir una lectura compartida de los problemas. Pero si no logran priorizar, ordenar tensiones, definir responsabilidades y establecer mecanismos de seguimiento, la energía colectiva se dispersa.

Una mesa puede ser el inicio de un proceso pero, no debería ser su único resultado.

Error 2: confundir diagnóstico con estrategia

Algunos territorios acumulan relevamientos, encuestas, mapas, sistematizaciones y documentos técnicos sin construir una hoja de ruta operativa.

Diagnosticar ayuda a entender pero no transforma automáticamente la realidad. El paso decisivo ocurre cuando la información se convierte en prioridades compartidas, decisiones estratégicas, líneas de acción, acuerdos institucionales y moviliza recursos para implementar acciones concretas.

Un buen proceso participativo empieza realmente cuando el territorio logra decidir sobre qué problemas y oportunidades conviene actuar primero, con qué capacidades y bajo qué formas de coordinación.

Error 3: querer resolver todo al mismo tiempo

La participación abre expectativas. Y cuando aparecen muchas demandas, existe la tentación de incorporarlas todas. Pero cuando todo es prioritario, nada termina siéndolo.

Las agendas imposibles generan frustración, desgaste institucional y pérdida de legitimidad. Priorizar no significa negar problemas. Significa reconocer recursos disponibles, capacidades reales y posibilidades concretas de acción para la generación de transformaciones de corto, mediano y largo plazo.

Los procesos más sostenibles suelen avanzar de manera focalizada, gradual y acumulativa.

Error 4: no construir gobernanza

Un proceso participativo no es solo una metodología de consulta. Es, o debería ser, un camino para construir gobernanza.

Sin reglas claras, roles definidos, mecanismos de coordinación y estructuras mínimas de seguimiento, los acuerdos dependen de voluntades individuales. Y cuando esas voluntades cambian, los procesos se debilitan y, la mayoría de las veces, fracasan.

La participación sostenible requiere capacidades colectivas para tomar decisiones, gestionar conflictos, sostener prioridades y monitorear avances.

Error 5: evitar los conflictos

Muchos espacios participativos intentan preservar consensos superficiales evitando abordar los temas difíciles. Pero los territorios reales están atravesados por intereses distintos, desigualdades, disputas de poder, asimetrías de información y visiones contrapuestas sobre el desarrollo.

Negar esos conflictos no los elimina. Solo los desplaza o los oculta. Los procesos más sólidos no son los que no tienen tensiones, sino los que logran volverlas visibles, discutibles y gobernables.

Participar para transformar

La participación tiene enorme potencial cuando fortalece confianza, articulación, inteligencia territorial, legitimidad y capacidad de acción conjunta. Para eso necesita combinar escucha con decisión, diálogo con implementación y apertura con método.

El desarrollo territorial no ocurre únicamente porque existan buenas ideas. Ocurre cuando un territorio construye acuerdos sostenibles para actuar colectivamente sobre sus desafíos más importantes.

Participar es importante. Transformar juntos es el verdadero desafío.

Empresas y territorios: construir una estrategia de desarrollo local

Empresas y territorios: construir una estrategia de desarrollo local 934 934 Alejandro Juancorena

Muchas empresas entendieron su relación con el territorio principalmente a través de la inversión social: apoyar una escuela, financiar un proyecto comunitario, donar equipamiento, acompañar organizaciones o implementar programas educativos.

Ese enfoque movilizó recursos y construyó vínculos muy valiosos. Pero también mostró un límite: una empresa puede financiar muchas iniciativas y, aun así, modificar poco las condiciones estructurales del territorio donde opera. La tarea no consiste solamente en invertir más, sino en construir una estrategia capaz de articular capacidades, actores y recursos alrededor de prioridades compartidas.

El futuro de la inversión social no debería medirse solo por presupuestos o cantidad de proyectos. Debería medirse por su capacidad para activar procesos de desarrollo local situados, más inteligentes, legítimos y sostenibles. Una empresa, sin importar su tamaño, no transforma un territorio sola. Aun así, puede ser un actor decisivo si deja de mirar su inversión social como una cartera de acciones y empieza a construir de manera colaborativa una estrategia territorial de largo plazo.

El riesgo de hacer mucho sin transformar demasiado

En muchos territorios, las empresas desarrollan becas, capacitaciones, donaciones, voluntariados, fondos concursables, programas ambientales o apoyo a emprendedores. Muchas de esas acciones son necesarias. El problema aparece cuando funcionan como respuestas aisladas, sin conexión entre sí, sin una lectura estratégica del territorio o sin mecanismos para sostener resultados.

Cuando cada acción responde a una demanda puntual, una urgencia reputacional o un calendario institucional, la inversión social puede convertirse en una suma de actividades correctas pero poco transformadoras.

Una agenda de desarrollo local exige otra pregunta: no solo qué proyectos puede financiar la empresa, sino qué capacidades necesita fortalecer el territorio para desarrollarse con mayor autonomía y resiliencia.

El territorio no es solo área de influencia

Pensar el territorio únicamente como “área de influencia” tiende a reducirlo al espacio donde aparecen riesgos, demandas o impactos vinculados a la operación. Pero un territorio es un sistema de actores, economías, instituciones, redes, identidades, tensiones, capacidades y expectativas.
Cuando la empresa lo mira solo desde la gestión de riesgos, tiende a reaccionar. Cuando lo mira desde el desarrollo local, puede anticipar, construir alianzas, fortalecer capacidades y generar oportunidades compartidas. La diferencia es profunda: no se trata de compensar al territorio, sino de construir valor con el territorio.

La inversión social también puede reproducir dependencia

No toda inversión social fortalece capacidades. Puede generar dependencia, fragmentación o competencia cuando las organizaciones adaptan sus agendas exclusivamente para acceder a fondos, los proyectos dependen de una sola empresa, las comunidades quedan ubicadas como receptoras pasivas o las decisiones se toman lejos del territorio.

Por eso, el criterio no debería ser solo cuánto se invierte, sino qué queda instalado: organizaciones más sólidas, redes activas, liderazgos, sistemas de información, capacidades de gestión y mecanismos de gobernanza que puedan seguir funcionando cuando termina un proyecto.

Desarrollo local no es hacer todo

Una empresa con presencia territorial no puede ni debe responder a todas las demandas ni sustituir al Estado. La estrategia consiste en identificar dónde puede aportar valor diferencial.

Ese aporte puede estar en su capacidad técnica, su cadena de proveedores, su poder de compra, su infraestructura, su conocimiento logístico, su demanda laboral, sus redes o su capacidad de movilizar recursos.

La pregunta estratégica no es “qué necesita el territorio y la empresa puede financiar”, sino dónde se cruzan las prioridades del territorio, las capacidades de la empresa y las oportunidades de desarrollo sostenible.

Del permiso social a la legitimidad construida

La legitimidad territorial no se compra ni se decreta. Se construye en el tiempo a partir de la coherencia entre lo que una empresa dice y hace, cómo decide, a quién escucha, qué información comparte y cómo distribuye oportunidades.

Las comunidades no evalúan solamente los programas sociales. Evalúan la conducta integral de la empresa: empleo local, ambiente, proveedores, autoridades, organizaciones, conflictos e información. Por eso, una estrategia de desarrollo local no puede ser solo un portafolio de proyectos. Tiene que ser también una forma de vínculo.

La empresa como parte de un ecosistema

Los territorios aprovechan mejor la presencia empresarial cuando construyen ecosistemas de articulación entre empresas, gobiernos, organizaciones sociales, instituciones educativas, cooperativas, productores, universidades y comunidades.

En esos espacios, la empresa no actúa sola ni pretende conducir todo. Aporta capacidades, información y recursos, asume responsabilidades y participa en soluciones que exceden su propia operación. La potencia aparece cuando la inversión social deja de ser un gesto unilateral y se convierte en una plataforma de cooperación territorial.

Algunas claves para pasar de inversión social a estrategia territorial:

  • Elegir dónde la empresa puede mover el sistema. El mayor aporte puede estar en recursos, capacidades, compras, información o poder de articulación.
  • Leer incentivos, no solo necesidades. Comprender intereses, restricciones y motivaciones permite construir acuerdos más sostenibles.
  • Identificar qué requiere acción colectiva. Distinguir qué desafíos pueden abordarse con proyectos y cuáles necesitan coordinación entre actores.
  • Distribuir poder además de recursos. La participación también implica capacidad real de incidir en prioridades y decisiones.
  • Conectar operación y desarrollo territorial. Empleo, proveedores, compras e infraestructura pueden generar tanto impacto como la inversión social.
  • Evitar convertirse en el centro del ecosistema. Fortalecer vínculos entre actores para que la articulación no dependa siempre de la compañía.
  • Diseñar una estrategia de salida. Definir desde el inicio qué capacidades, acuerdos y recursos deberían sostenerse en el tiempo sin depender de la empresa.
  • Medir cambios en el sistema de colaboración. Observar si mejoran relaciones, capacidades de coordinación y mecanismos para resolver problemas comunes.

Diseñar Teorías de Cambio (que sirvan)

Diseñar Teorías de Cambio (que sirvan) 934 934 Alejandro Juancorena

Las organizaciones con vocación de impacto (propósito) —sean del sector público, privado o social—existen para generar cambios. Esa es su razón de ser más poderosa. Pero, ¿estamos logrando los cambios que realmente necesitamos? ¿Cómo los medimos? ¿Cuánto tiempo duran? ¿Para quiénes son? ¿A qué costo? Nos acostumbramos a evaluar esfuerzos, cuantificar y reportar acciones y “gastos” pero no siempre a evaluar impactos (cambios generados).

La teoría de cambio no es un requisito burocrático para aplicar a una convocatoria o generar datos para el reporte de sustentabilidad anual. Es la brújula que orienta nuestras decisiones, la narrativa que nos conecta con el propósito de nuestra organización, la herramienta que nos obliga a hacer explícito qué queremos transformar, porqué y, sobre todo, cómo vamos a hacer que suceda el cambio. Nosotros la llamamos “El Camino del Impacto”.

Pero muchas teorías de cambio están escritas para otros, no para quienes las llevan adelante. Están llenas de lenguaje técnico, no se actualizan y, lo más preocupante: ¡no se usan! Una teoría de cambio que no guía nuestras decisiones es como un mapa guardado en un cajón.

Una buena teoría de cambio es un dispositivo vivo. Que sirve para alinear equipos, tomar decisiones, medir avances, corregir desvíos. Que se discute, se revisa, se adapta. Y que, sobre todo, permite imaginar un futuro posible y diseñar cómo acercarse a él (de manera efectiva y costo-eficiente).

Toda teoría de cambio, responde a una visión del mundo, del conocimiento del origen/causa de los problemas y de las potenciales soluciones. Hacer explícitos esos valores, principios y supuestos políticos es parte del ejercicio de construcción de teorías de cambio comprometidas, coherentes y responsables.

Una teoría de cambio bien construida es también la base para una evaluación de impacto significativa. No se trata sólo de medir si se llevaron a cabo las actividades previstas y si se invirtieron los recursos (como se planificó), sino de entender si lo que hicimos produjo el cambio que buscábamos  generar y, si esos cambios se alcanzaron de manera oportuna, pertinente, efectiva y eficiente. Y si nos ponemos todavía más técnicos: si los cambios observados y verificados pueden ser atribuidos a nuestro accionar o son producto del azar o del accionar de otros.

Evaluar no es controlar: es aprender. Y para eso, necesitamos teorías de cambio que no sean mapas decorativos, sino herramientas vivas que nos ayuden a contrastar hipótesis, revisar supuestos, ajustar el rumbo, sistematizar y amplificar (escalar o replicar) o bien “cerrar y apagar la luz” (en el peor de los casos). Porque solo se puede evaluar con sentido y utilidad lo que se ha definido con intención y claridad.

Por último, evaluar no es (necesariamente) validar lo planificado, sino aprender de lo inesperado. Muchos aprendizajes valiosos no vienen de confirmar la teoría de cambio, sino de desafiarla. Por eso, una teoría de cambio útil, también debe dejar espacio para lo emergente y para lo inesperado.

5 tips para diseñar con sentido: claves para una teoría de cambio transformadora

  1. Construila participativamente desde el principio. Involucra a quienes forman parte del proceso: distintas perspectivas enriquecen la mirada y fortalecen el compromiso. No la hagas para otros, hacela para tu organización o tu red. Tiene que ser una herramienta viva para el equipo, no un trámite, una obligación, un producto “de moda”.
  2. Visualiza y definí con claridad el o los cambios que se quiere generar. Sin un objetivo transformador explícito, es imposible orientar acciones y recursos y evaluar resultados. Identificá los supuestos sobre los que estás planificando. Preguntate qué estás dando por hecho y qué condiciones deben cumplirse para que ese cambio ocurra. Asegúrate de integrar una perspectiva de tiempo y secuencia. No todo pasa al mismo tiempo ni de la misma forma. Incorporá una lógica de etapas, maduración y transiciones entre acciones y resultados de corto, mediano y largo plazo. No te olvides de comunicar efectivamente para que todos estén bien informados y te acompañen en el proceso. 
  3. Revisa la Teoría de Cambio cada vez que cambie el contexto, los objetivos de la organización o cuando sientas que las acciones que se implementan están desconectadas del propósito, de la razón de ser, de la organización (eso se siente cuando prendes la compu, y trabajando no encontrás sentido obvio a lo que estás haciendo). Una teoría de cambio no es una foto fija: debe adaptarse a nuevas realidades y contextos. Ajustala y úsala para tomar decisiones.
  4. Incluí factores y actores externos. No todo depende del equipo ni de la organización. Reconocer los condicionantes del entorno, a los actores que los configuran y las dinámicas de relacionamiento (y de poder) entre los mismos, es clave para diseñar con realismo, anticipar riesgos y aumentar las chances de lograr el cambio deseado.
  5. ¡Que se entienda! Claridad no es simplificación o falta de sofisticación: es potencia y dirección. Un lenguaje claro hace que la teoría sea accesible, accionable y relevante para todos los actores involucrados. Conectala con tus indicadores clave de gestión (de proceso, de resultado y de impacto). Lo que no se puede observar ni medir, difícilmente se pueda sostener o mejorar. Una narrativa poderosa, que incluya datos, sirve para inspirar, involucrar, movilizar apoyos, alinear expectativas y construir legitimidad frente a aliados y financiadores.

Potenciar

[posse, -ntia] Latín

“Comunicar fuerza o energía a una cosa o incrementar la que ya tiene”.

“Aumentar el poder o la eficiencia de una cosa”.

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