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Hacia una nueva arquitectura para el impacto colectivo

Hacia una nueva arquitectura para el impacto colectivo 479 479 Alejandro Juancorena

En los últimos años, la conversación sobre impacto colectivo amplió sus ambiciones: ya no se trata solo de ejecutar buenos proyectos, sino de contribuir a transformaciones más estructurales, sistémicas y sostenibles.

Sin embargo, buena parte de la arquitectura desde la que trabajamos sigue organizada alrededor de intervenciones aisladas. Exigimos transformación mientras sostenemos organizaciones y coaliciones frágiles; promovemos participación sin estar realmente dispuestos a compartir poder; intentamos medir individualmente cambios que son colectivos y viceversa; y reclamamos innovación sistémica mientras utilizamos instrumentos diseñados más para controlarnos unos a otros que para transformarnos, aprender y adaptarnos juntos. Si queremos resultados distintos, no alcanza con hacer mejores proyectos: necesitamos revisar la arquitectura y la infraestructura desde la que trabajamos.

Una arquitectura distinta supone al menos seis cambios: estrategias territoriales en lugar de carteras fragmentadas de proyectos; financiamiento de capacidades además de actividades; gobernanza con capacidad real de decisión; infraestructura para la colaboración; sistemas de aprendizaje y evaluación orientados a la contribución; y financiamiento flexible y paciente.

De proyectos aislados a estrategias y sistemas territoriales

En muchos territorios conviven programas públicos, organizaciones sociales, inversiones privadas, universidades, liderazgos comunitarios, fondos de inversión de impacto, mesas de trabajo y proyectos que intentan responder, muchas veces simultáneamente, a los mismos desafíos o a desafíos fuertemente interconectados. Pero acumulación no es estrategia.

Diez proyectos de empleo no construyen necesariamente una estrategia territorial de empleo. Tampoco un espacio de articulación en torno a este desafío en el que los actores que se vinculan siguen haciendo lo mismo. Una sucesión de capacitaciones no produce automáticamente capacidades que se traduzcan en mejores oportunidades de desarrollo. Una mesa con veinte instituciones no constituye gobernanza para el impacto colectivo de forma automática. Cientos de indicadores tampoco garantizan que estemos comprendiendo qué cambia.

Empleo, educación, salud, ambiente, producción, vivienda, cuidados, seguridad alimentaria o infraestructura suelen organizarse en programas, presupuestos y áreas diferentes. Los territorios no funcionan así. Una persona no queda fuera del mercado laboral por una única causa. Una comunidad no enfrenta problemas productivos desconectados del acceso al agua, la infraestructura, la formación, el financiamiento o la calidad institucional. La vulnerabilidad ambiental tampoco puede separarse fácilmente de la matriz productiva, el empleo o las condiciones sociales.

De intervenir sobre síntomas a transformar las condiciones de los sistemas de colaboración

Los problemas complejos son el resultado de relaciones, incentivos, reglas, capacidades y decisiones acumuladas. Por eso, intervenir solamente sobre sus manifestaciones visibles puede producir mejoras importantes sin transformar aquello que los genera, perpetúa o reproduce.

Actuar sobre las condiciones de los sistemas de colaboración significa intervenir también sobre las reglas, los incentivos, las capacidades, los recursos, las relaciones de poder, los mecanismos de coordinación y la información que condicionan lo que los distintos actores pueden (o quieren) hacer y las decisiones que pueden (o quieren) tomar.

Si queremos actuar sobre problemas sistémicos, necesitamos dejar de diseñar únicamente respuestas multisectoriales y comenzar a modificar también las lógicas de relacionamiento y las condiciones mencionadas más arriba, ampliando las posibilidades del sistema para producir resultados diferentes.

De financiar actividades a financiar capacidades

Existe otra contradicción difícil de sostener. Exigimos profesionalización, innovación, evaluación, transparencia, capacidad territorial, articulación, tecnología, comunicación, gestión de datos y resultados cada vez más sofisticados. Pero buena parte del financiamiento continúa cubriendo solamente actividades directamente asociadas a la implementación de proyectos. Equipos permanentes, sistemas de gestión, tecnología, formación, evaluación, innovación, construcción de alianzas o desarrollo institucional suelen considerarse gastos secundarios, cuando en realidad constituyen la infraestructura troncal que hace posible el impacto de los proyectos.

El resultado es paradójico: financiamos intervenciones mientras debilitamos a quienes deben sostenerlas. Una organización (o coalición) sin capacidad institucional puede ejecutar un buen proyecto. Difícilmente pueda sostener una transformación. En este contexto, financiar organizaciones no significa desviar recursos del impacto. Significa invertir en su capacidad para permanecer, aprender, adaptarse y liderar nuevos procesos cuando el financiamiento inicial haya terminado.

De la atribución individual a la contribución colectiva

Seguimos intentando atribuir transformaciones complejas a proyectos individuales. Pero los cambios territoriales importantes rara vez funcionan de esa manera. Una mejora en el empleo juvenil puede ser resultado simultáneo de políticas educativas, formación técnica, inversión privada, organizaciones comunitarias, cambios económicos y nuevas redes institucionales. La disminución de un conflicto puede provenir de años de construcción de confianza entre distintos actores. Una política pública puede surgir después de múltiples experiencias, aprendizajes y procesos de incidencia.

La transformación suele ser acumulativa, relacional y colectiva. Por eso, la pregunta “¿qué impacto produjo este proyecto?” muchas veces resulta demasiado estrecha. Necesitamos complementarla con otra: ¿a qué transformación contribuimos y qué condiciones estructurales ayudamos a modificar?

De la participación a la gobernanza compartida

Durante años confundimos articulación con convocatoria. Reunir actores es relativamente sencillo. Sobre todo cuando las causas son nobles e incuestionable la necesidad de trabajar juntos en torno a desafíos comunes ¿Quién no quiere formar parte de una alianza por la educación? Construir capacidad colectiva de decisión es mucho más difícil. Una mesa donde las prioridades ya fueron definidas, el presupuesto ya está asignado y los criterios de éxito ya están establecidos puede escuchar actores, pero difícilmente pueda considerarse una gobernanza compartida.

La colaboración transformadora nos obliga a discutir cuestiones más incómodas: quién define el problema, quién decide las prioridades, quién aporta, moviliza y/o administra los recursos, quién produce la información, quién asume los riesgos, quién evalúa los resultados y quién tiene capacidad real de modificar las decisiones. Sin algún grado de redistribución del poder, la participación corre el riesgo de convertirse en legitimación de decisiones tomadas previamente o en un espacio carente de capacidad de impacto real.

El salto es pasar de invitar actores a construir mecanismos capaces de decidir colectivamente. Y también implica reconocer algo que muchas veces dejamos fuera de los presupuestos: colaborar de verdad, no es sencillo.

Coordinar organizaciones, producir información compartida, facilitar acuerdos, administrar conflictos, sostener espacios de gobernanza y construir confianza requiere tiempo, equipos y recursos. Si creemos que los problemas complejos requieren respuestas colectivas, entonces necesitamos estar dispuestos a financiar también la infraestructura de la colaboración.

De la planificación rígida al aprendizaje y la adaptación

Los problemas complejos evolucionan mientras intentamos intervenir sobre ellos. Aparecen nuevos actores. Cambian las condiciones económicas.

Emergen conflictos. Algunas hipótesis se confirman y otras fracasan. Surgen oportunidades que no estaban previstas. Pedimos adaptación, pero penalizamos el cambio. Pedimos innovación, pero exigimos ejecutar exactamente lo planificado. Pedimos transformaciones estructurales, pero financiamos ciclos de seis o doce meses. La rendición de cuentas es indispensable. La rigidez no.

Necesitamos instrumentos que permitan aprender, revisar hipótesis, reasignar recursos y modificar estrategias con transparencia. También necesitamos aceptar algo elemental: algunos cambios importantes requieren tiempo. El financiamiento paciente y plurianual no es una concesión. Es una condición razonable para intentar transformar problemas que llevan décadas construyéndose, mutando y reproduciéndose.

Del impacto como intervención al impacto como capacidad colectiva

Quizás el cambio más importante sea dejar de pensar el impacto exclusivamente como una sucesión de intervenciones. Necesitamos proyectos. Pero también necesitamos aquello que permite que múltiples proyectos produzcan algo mayor que la suma de sus resultados. Una nueva arquitectura no consiste en hacer más eficiente el modelo existente, sino en modificar algunos de sus supuestos fundamentales. Y, sobre todo, pasar de pensar el impacto como algo que producimos sobre otros a entenderlo como una capacidad colectiva de transformar una realidad compartida (incluyéndonos a nosotros mismos como actores a transformar).

La pregunta ya no es solamente cómo hacemos mejores proyectos. La pregunta más incómoda y probablemente más importante es otra: ¿Qué tenemos que cambiar en nuestra manera de financiar, diseñar, implementar y medir para que los procesos que ayudamos a impulsar puedan sostenerse más allá de nosotros?

Evaluar distinto implica pensar distinto

Evaluar distinto implica pensar distinto 600 600 Alejandro Juancorena

Cuando evaluamos un proyecto, la primera tentación es empezar por aquello que se deja contar: participantes, actividades, presupuesto ejecutado, productos entregados. Son datos necesarios. El problema aparece cuando la facilidad para medirlos termina definiendo qué entendemos por impacto.

Una pregunta metodológica ayuda a ordenar la discusión: ¿qué evidencia necesitaríamos observar para sostener que una situación cambió y no solamente que una intervención ocurrió? Esa diferencia obliga a mirar resultados, capacidades, vínculos y condiciones de sostenibilidad.

Hay transformaciones que entran bien en una planilla y otras que necesitan combinar registros, entrevistas, observación y lectura de contexto. Medir distinto no es medir menos. Significa mirar mejor. Es construir evidencia acorde con el tipo de cambio que estamos intentando comprender e identificar en qué medida, nuestras intervenciones, contribuyeron a generar esas transformaciones.

Una lectura en varias capas

El desafío no es abandonar los indicadores, sino evitar que se conviertan en una mirada demasiado estrecha. El impacto no ocurre en una única capa ni en un único nivel. Puede aparecer en personas, organizaciones, redes, territorios y sistemas.

Medir distinto implica construir herramientas capaces de observar no solo lo que se hizo, sino también lo que cambió, lo que quedó instalado y lo que un territorio, una organización o una red está ahora en mejores condiciones de sostener.

Primera capa: lo que ocurrió

La primera capa del impacto suele ser la más fácil de registrar: talleres, reuniones, capacitaciones, eventos, infraestructura, servicios, entregas, participantes. Es la zona cómoda de la medición porque produce datos rápidos, comparables y fáciles de reportar.

El problema aparece cuando esa capa se confunde con la transformación deseada, posible y alcanzada. Una organización puede realizar muchas actividades y no modificar demasiado las condiciones que originan un problema. Del mismo modo, un proceso puede generar pocos productos visibles y, sin embargo, instalar capacidades relevantes para el futuro. Por eso, medir impacto requiere distinguir entre actividad, resultado, transformación y atribución.

Después de la actividad pueden aparecer resultados directos: personas que acceden a empleo, productores que mejoran ingresos, organizaciones que fortalecen su gestión, jóvenes que regresan al sistema educativo o comunidades que acceden a nuevos servicios. Esos resultados son importantes, pero todavía no agotan la pregunta por el impacto ¿Qué cambio o se transformó a partir de la ejecución de las actividades?

Segunda capa: lo que queda instalado

Algunos de los efectos más valiosos aparecen cuando el proyecto termina. Una cooperativa que aprende a negociar mejor. Un municipio que incorpora herramientas de planificación. Una red que mejora su coordinación. Una organización que ordena su gobernanza. Un grupo de actores que aprende a tomar decisiones en conjunto.

Esas capacidades tienen un valor particular porque pueden seguir generando impacto después del financiamiento, del programa o del acompañamiento técnico.

Medirlas exige otra sensibilidad. No alcanza con preguntar qué se hizo. Hay que preguntar qué quedó, quién puede usarlo, cómo se sostiene y qué nuevas posibilidades de desarrollo aparecen en el horizonte.

Tercera capa: vínculos y condiciones del sistema

El impacto también modifica vínculos. En territorios fragmentados, construir confianza puede ser una transformación enorme. Generar una alianza público-privada, crear un espacio de diálogo, fortalecer una red comunitaria o instalar una mesa de trabajo puede cambiar las condiciones de acción de un territorio.

También existen cambios más lentos: nuevas formas de pensar el desarrollo, legitimación de agendas, reconocimiento de derechos, valorización ambiental, protagonismo juvenil o cambios en las expectativas de futuro.

Y, en algunos casos, el impacto llega a una capa sistémica: modifica políticas públicas, reglas institucionales, cadenas de valor, modelos productivos o formas estables de coordinación territorial.

No todo ocurre al mismo ritmo. Algunas cosas se ven rápido. Otras necesitan tiempo, acumulación y lectura (y relectura) de proceso.

Evaluar mientras el proceso todavía puede cambiar

Medir no debería servir solo para controlar. También debería servir para aprender. Un sistema de monitoreo útil permite ajustar estrategias, identificar señales tempranas, reconocer efectos no previstos y mejorar decisiones mientras el proceso está ocurriendo.

Eso requiere combinar indicadores cuantitativos con relatos, evidencias cualitativas, análisis de contexto y lectura territorial. Los números muestran una parte del cambio. Las historias, las trayectorias y los vínculos ayudan a entender cómo ocurrió. En este contexto, cobran especial relevancia, las estrategias de evaluación participativa en las que, los “evaluados” son también protagonistas durante el proceso de diseño y adaptación de herramientas y de toma de decisiones a la luz de los resultados alcanzados.

Claves para medir impacto en profundidad:

  • Diferenciar actividad, resultado e impacto. Contar acciones es necesario, pero no alcanza para comprender si cambiaron capacidades, vínculos o condiciones de sostenibilidad.
  • Observar capacidades instaladas. Una parte decisiva del impacto aparece cuando actores, organizaciones o redes quedan mejor preparados para actuar después del proyecto.
  • Medir relaciones y confianza. En procesos territoriales, los vínculos construidos pueden ser tan importantes como los productos visibles o los resultados inmediatos.
  • Aceptar distintos ritmos de cambio. No todo se transforma al mismo tiempo: algunas señales aparecen rápido y otras requieren acumulación, lectura de proceso y seguimiento sostenido.
  • Usar la medición para aprender. Un buen sistema de monitoreo no solo controla; también ayuda a ajustar estrategias, reconocer efectos inesperados y mejorar decisiones.
  • Incorporar la perspectiva de los actores involucrados. El impacto no siempre se expresa igual para todos. Escuchar a comunidades, organizaciones, equipos y aliados permite identificar cambios relevantes que los indicadores tradicionales pueden no captar y comprender mejor qué cambió, para quién y por qué.
  • Reconocer la contribución en contextos multiactorales. En procesos complejos, los cambios rara vez pueden atribuirse a un solo actor o intervención. Medir impacto implica comprender qué contribución específica realizó cada actor, cómo interactuó con otros factores y qué resultados emergieron de esa acción colectiva.
  • Identificar efectos no previstos. Una intervención puede producir cambios positivos o negativos que no estaban contemplados en el diseño inicial. Medir en profundidad también implica estar atento, a lo largo del proceso, a esos efectos emergentes.

Cuando la inversión avanza más rápido que las capacidades del territorio

Cuando la inversión avanza más rápido que las capacidades del territorio 349 322 Alejandro Juancorena

Cuando una gran inversión llega a un territorio, no llega sola. Trae nuevas oportunidades de empleo, actividad económica y desarrollo de proveedores, pero también aumenta la demanda de vivienda, servicios, infraestructura y capacidades de gestión. Al mismo tiempo, los gobiernos locales deben responder a una realidad más compleja: planificar, coordinar actores, administrar nuevos recursos y atender expectativas sociales que muchas veces crecen antes de que los beneficios de la inversión sean visibles.

La inversión puede abrir oportunidades extraordinarias, pero también acelerar tensiones que ya existían: una localidad con déficit habitacional puede recibir cientos o miles de nuevos trabajadores. Un sistema educativo con dificultades para formar determinados perfiles puede encontrarse, de un año a otro, frente a una demanda muy superior. Un municipio pequeño puede empezar a gestionar una dinámica económica, urbana y social para la que su estructura institucional nunca fue diseñada. El problema no es el crecimiento. El problema aparece cuando la transformación ocurre más rápido que la capacidad para gestionarla.

La demanda de una empresa puede convertirse en una brecha territorial

Las empresas suelen analizar sus necesidades de talento desde su propia operación: cuántos técnicos, conductores, electricistas, soldadores, ingenieros o profesionales necesitarán en las distintas etapas de un proyecto. Pero esos mismos perfiles pueden ser requeridos al mismo tiempo por otras compañías, por sus proveedores, por los municipios y por otras actividades económicas del territorio.

Lo que para cada empresa puede parecer una necesidad puntual de contratación, a escala territorial puede convertirse en una brecha agregada de capacidades.

El desafío, entonces, no es solamente formar personas para cubrir vacantes. Es anticipar cómo va a evolucionar la demanda en el conjunto del territorio, cuánto tiempo lleva desarrollar esos perfiles y qué actores deberían empezar hoy a trabajar para que esas capacidades estén disponibles cuando sean necesarias.

El compre local también necesita capacidades locales

Algo similar ocurre con las políticas de empleo y contratación local. Cada vez más territorios buscan que una mayor proporción del valor generado por las grandes inversiones permanezca en las comunidades donde esas inversiones se desarrollan. La intención es razonable: fortalecer proveedores, generar empleo y ampliar el impacto económico local.

Pero establecer una meta de contratación local no crea automáticamente capacidades para cumplirla. Puede ocurrir que no existan suficientes proveedores, que las empresas locales no alcancen los estándares requeridos por las empresas, que falten certificaciones, financiamiento, equipamiento o capacidad de gestión, o que directamente no haya suficiente oferta de determinados perfiles laborales.

En esos casos, una política diseñada para capturar valor territorial termina mostrando una paradoja: la oportunidad existe, pero el territorio todavía no está preparado para aprovecharla plenamente.

Por eso, el desarrollo de proveedores y talento local no debería empezar cuando la demanda aparece. Necesita construirse mucho antes y de forma articulada entre empresas, gobiernos y organizaciones sociales.

Cambiar el momento de las preguntas

Tal vez una de las transformaciones más importantes sea bastante simple: hacer antes las preguntas que solemos hacer tarde. No preguntarnos solamente cuántos empleos generará una inversión cuando el proyecto ya está en marcha, sino qué perfiles se necesitarán dentro de tres, cinco o diez años y cuánto tiempo lleva formarlos.

No contar solamente cuántos proveedores existen hoy, sino identificar cuáles podrían responder a una demanda futura, qué brechas tienen y qué necesitan para escalar.

No mirar únicamente la infraestructura disponible, sino anticipar qué presión pueden producir nuevos flujos de población, empleo e inversión sobre vivienda, movilidad, servicios públicos, educación y salud.

Y no analizar cada inversión de manera aislada cuando varias pueden desplegarse simultáneamente sobre un mismo territorio. En definitiva, se trata de pasar de una lógica reactiva a una lógica de anticipación territorial.

Anticipar no es solamente producir información

La anticipación requiere datos, pero no se resuelve con un diagnóstico. Un territorio puede tener excelentes estudios de empleo, mapas de proveedores, proyecciones demográficas y relevamientos de infraestructura y, aun así, no contar con capacidad para convertir esa información en decisiones.

Anticipar significa construir escenarios, priorizar brechas, definir responsabilidades, movilizar recursos y coordinar inversiones públicas y privadas con suficiente anticipación. Para eso hacen falta también gobiernos locales capaces de planificar, equipos técnicos estables, instituciones educativas conectadas con la transformación productiva, cámaras empresariales, organizaciones y espacios donde distintos actores puedan construir una lectura común de lo que está por ocurrir.

Porque las capacidades territoriales no aparecen automáticamente cuando llega el capital sino que se construyen y, construirlas, requiere tiempo, determinación, dirección e inversión.

La infraestructura invisible del desarrollo

Cuando pensamos en la preparación de un territorio para recibir inversiones, solemos imaginar rutas, energía, conectividad, agua o vivienda. Todas son indispensables.

Pero existe otra infraestructura menos visible: la capacidad institucional para planificar, coordinar, gestionar información, formular proyectos, movilizar financiamiento y articular actores. Una localidad puede recibir una inversión extraordinaria y, sin embargo, capturar una proporción muy limitada de sus beneficios si no cuenta con instituciones capaces de acompañar esa transformación.

Por eso, fortalecer gobiernos locales y organizaciones de base no debería entenderse como un componente secundario del desarrollo productivo. Es una condición para que las oportunidades económicas puedan convertirse en mejoras sostenibles para el territorio.

La brecha que conviene mirar

Uno de los principales riesgos de los próximos años puede no ser la falta de inversiones, sino la distancia entre la velocidad con la que esas inversiones se despliegan y la capacidad de los territorios para prepararse.

Si esa brecha se amplía, parte del empleo puede quedar fuera de las comunidades, los proveedores locales pueden no alcanzar la escala requerida, los servicios pueden tensionarse y las expectativas sociales pueden transformarse rápidamente en frustración.

Si existe anticipación, en cambio, una gran inversión puede convertirse en una plataforma para desarrollar talento, fortalecer capacidades públicas, ampliar el entramado productivo, crear nuevos proveedores y mejorar instituciones que seguirán allí incluso cuando el ciclo de inversión termine.

Ese debería ser uno de los criterios centrales para evaluar el verdadero impacto territorial de una inversión: no solamente cuánto capital llega, sino cuánto de ese movimiento logra transformarse en capacidades que permanecen.

Cuando eso ocurre, la inversión deja una huella que trasciende al proyecto: más capacidades públicas, más talento, más entramado productivo y mejores condiciones para sostener procesos de desarrollo económico, social, ambiental e institucional en el territorio.

Redes temáticas con arraigo territorial: el caso de la Red Creer y la Provincia de Santa Fe

Redes temáticas con arraigo territorial: el caso de la Red Creer y la Provincia de Santa Fe 479 479 Alejandro Juancorena

La Red Creer nació en 2018 como una plataforma de articulación para promover la inclusión socioeconómica de personas privadas de libertad y liberadas. Desde entonces, la Red experimentó un crecimiento sostenido: pasó de reunir 30 organizaciones en 2019 a 162 en 2025, con presencia en 15 provincias del país.

La expansión de la Red no solo sumó organizaciones y experiencias, sino que permitió construir vínculos y aprendizajes diversos en distintos puntos del país. Pero también abrió una pregunta diferente: ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar el territorio como un lugar donde implementar y empezamos a pensarlo como un lugar donde construir?

Tal vez ahí empiece la verdadera territorialización: no cuando una red simplemente llega a un territorio o desarrolla actividades en él, sino cuando empieza a construir desde sus instituciones, sus actores y sus dinámicas propias. Inicia cuando las organizaciones locales se apropian de la propuesta, aportan sus experiencias y la agenda común adquiere una identidad situada. Y ese, precisamente, es el proceso que la Red Creer transita en Santa Fe.

Integrarse a las políticas públicas

Hay una diferencia importante entre contar con un organismo público como aliado para una actividad y construir una estrategia territorial junto con el gobierno.

En el primer caso, el Estado acompaña una iniciativa. En el segundo, puede convertirse en un actor decisivo para darle anclaje, escala, continuidad e institucionalidad. Puede conectar la propuesta con políticas existentes, articular áreas que suelen trabajar por separado y llevar una estrategia a lugares y poblaciones a los que una red, por sí sola, difícilmente podría llegar.

En este sentido, el gobierno provincial no es simplemente otro integrante de la red. Tiene una capacidad diferencial para transformar una iniciativa en una respuesta territorial más amplia y sostenida.

Santa Fe reúne condiciones concretas para avanzar en esta dirección. La provincia cuenta con políticas, equipos, programas y experiencia acumulada en inclusión social, juventudes, justicia, trabajo y desarrollo territorial, además de antecedentes concretos de articulación con Red Creer.

Por eso, el punto de partida no es crear algo paralelo, sino conectar la experiencia de la Red con capacidades públicas y sociales que ya existen.

Red Creer puede aportar metodologías, organizaciones especializadas, experiencias desarrolladas en otros territorios, conocimiento acumulado y capacidad para articular actores diversos. El gobierno provincial, por su parte, puede aportar presencia territorial, información, capacidad de convocatoria, políticas públicas, recursos institucionales y continuidad.

La potencia aparece cuando ambas capacidades dejan de funcionar en paralelo y empiezan a formar parte de una misma estrategia.

Adaptar antes que trasladar

Uno de los riesgos de los procesos de expansión es asumir que aquello que funcionó en un territorio puede reproducirse sin demasiados cambios en otro. Pero los territorios no son intercambiables. Cambian las instituciones, las capacidades disponibles, las trayectorias de las organizaciones, las políticas existentes y también las características de los problemas.

La trayectoria de Red Creer mostró justamente la necesidad de trabajar con esa diversidad. A medida que la Red fue ampliando su presencia, tuvo que ajustar metodologías, articular con nuevos actores y adaptar sus intervenciones a contextos institucionales y territoriales diferentes.

La oportunidad en Santa Fe está justamente en combinar lo que Red Creer ya sabe hacer con aquello que la provincia conoce, necesita y puede sostener. Territorializar significa entonces preservar un propósito común sin convertirlo en una receta.

Construir una agenda provincial

La inclusión socioeconómica de personas privadas de libertad y liberadas no depende de una única intervención. Involucra formación, empleo, generación de ingresos, documentación, salud, acompañamiento postpenitenciario, vínculos familiares, acceso a derechos y reducción de estigmas. Es un desafío demasiado complejo para ser abordado por una sola organización y demasiado transversal para quedar circunscripto a un único área del Estado.

Ahí aparece otro aporte central del gobierno provincial: su capacidad para conectar políticas y áreas públicas alrededor de una agenda común y, al mismo tiempo, convocar a organizaciones sociales, empresas, cooperativas, universidades y otros actores que pueden aportar capacidades específicas.

La territorialización de Red Creer en Santa Fe puede convertirse, en ese sentido, en una oportunidad para pasar de iniciativas dispersas a una estrategia más integrada. No se trata necesariamente de hacer más, sino de ordenar mejor lo que existe, detectar vacíos, generar complementariedades y acordar dónde conviene concentrar esfuerzos.

Una red como puente entre política pública y territorio

Las políticas públicas necesitan llegar al territorio, pero también necesitan información, conocimiento especializado y organizaciones capaces de acompañar procesos concretos.

Ahí una red puede cumplir una función especialmente valiosa: las organizaciones sociales aportan proximidad y experiencia situada; las empresas, oportunidades laborales y productivas; las cooperativas, alternativas de generación de ingresos; las universidades, formación, evidencia y evaluación. La Red Creer puede conectar esas capacidades y facilitar su articulación con la política pública.

El gobierno, a su vez, puede hacer que esas experiencias dejen de depender exclusivamente de proyectos puntuales y empiecen a integrarse a una estrategia con mayor escala y continuidad. Ese encuentro es probablemente uno de los mayores valores de la territorialización: la red acerca capacidades a la política pública y la política pública puede dar alcance y sostenibilidad a lo que la red impulsa.

El territorio también transforma a la red

Este proceso no debería funcionar en una sola dirección. La Red Creer llega a Santa Fe con una experiencia acumulada, pero la construcción local también puede modificar y enriquecer el modelo de impacto colectivo. La articulación con nuevas políticas, equipos públicos, organizaciones y dinámicas provinciales seguramente obligará a revisar herramientas, prioridades y formas de trabajo.

Eso no debería interpretarse como una pérdida de identidad. Es justamente lo que permite que una red permanezca relevante. Una red con arraigo territorial no es aquella que consigue reproducirse de manera idéntica en distintos lugares, sino la que logra conservar un propósito compartido mientras permite que cada territorio contribuya a redefinir cómo alcanzarlo.

Algunas claves para construir arraigo territorial

  • Integrarse a la política pública. El gobierno puede aportar escala, institucionalidad y continuidad a procesos que de otro modo permanecerían fragmentados.
  • Construir sobre lo que ya existe. Territorializar no significa crear nuevas estructuras si pueden fortalecerse políticas, programas y capacidades instaladas.
  • Definir prioridades locales. Una agenda común necesita traducirse en decisiones específicas para cada territorio.
  • Articular áreas de gobierno y actores externos. Los problemas complejos requieren respuestas que atraviesen sectores e instituciones.
  • Usar la red como puente. Su valor está en conectar conocimiento, organizaciones, recursos y oportunidades con políticas públicas concretas.
  • Mantener capacidad de adaptación. El territorio no solo recibe un modelo: también lo modifica y lo mejora.

Territorializar es, en definitiva, construir una red capaz de aprender del territorio, trabajar con sus actores y transformar esa experiencia en respuestas más pertinentes, sostenibles y colectivas. En Santa Fe, ese desafío ya está en marcha.

Modelo Potenciar 2030: una comunidades de múltiples actores para hacer posible y sostenible el impacto colectivo

Modelo Potenciar 2030: una comunidades de múltiples actores para hacer posible y sostenible el impacto colectivo 479 479 Alejandro Juancorena

Hace más de veinte años trabajamos con una convicción bastante simple y, por suerte extendida y compartida por muchos: los problemas complejos no se resuelven desde una sola organización. Por eso impulsamos redes, coaliciones, alianzas y otros modelos de gestión orientados a articular actores, recursos, conocimientos y capacidades alrededor de desafíos sociales, productivos, ambientales y territoriales.

La experiencia también nos mostró el límite de esa lógica cuando la colaboración no cuenta con una infraestructura adecuada, generosa, profesional y/o con recursos sufrientes que la sostenga. Reunir actores no garantiza coordinación; compartir una agenda no asegura gobernanza; financiar iniciativas no necesariamente fortalece capacidades; y sumar organizaciones no produce, por sí solo, una mayor capacidad colectiva de transformación.

Muchas redes y, otros modelos de impacto colectivo, logran resultados relevantes y, al mismo tiempo, siguen dependiendo de liderazgos concentrados, financiamientos discontinuos, capacidades de gestión desiguales o mecanismos frágiles para evaluar, comunicar, aprender y movilizar nuevos recursos. El desafío, entonces, ya no es solamente promover más colaboración, sino crear mejores condiciones para que esa colaboración pueda sostenerse, fortalecerse y ganar escala.

En ese contexto, cobra valor un modelo de comunidad orientado al fortalecimiento: una estructura capaz de conectar actores, agregar capacidades, acompañar procesos, movilizar recursos y construir una infraestructura compartida para hacer posible y sostenible el impacto colectivo (juntos).

Una comunidad que fortalece a quienes hacen

Participar de una comunidad de este tipo permite acceder a capacidades, conocimiento, herramientas y vínculos que sería más difícil, lento o costoso desarrollar de manera aislada. Ese acceso puede traducirse en mejores condiciones para gobernar, gestionar, evaluar, comunicar, movilizar recursos y construir nuevas alianzas.

El valor aparece cuando ese acompañamiento no resuelve solamente necesidades puntuales, sino que fortalece la capacidades de cada organización para decidir, sostenerse y ampliar su impacto con mayor autonomía al tiempo que impacta en las capacidades colectivas. La comunidad deja entonces de ser un espacio de apoyo externo y se convierte en una plataforma que multiplica y agrega capacidades, acelera aprendizajes, amplía las posibilidades de acción de quienes la integran y facilita la movilización y gestión asociada de recursos.

Las redes también necesitan infraestructura

Una red puede tener una agenda sólida y, al mismo tiempo, necesitar mejorar su gobernanza. Puede contar con organizaciones muy comprometidas, pero no tener una estrategia clara de sostenibilidad. Puede producir resultados relevantes y carecer de herramientas para medirlos, comunicarlos o traducirlos en nuevos apoyos.

Una comunidad puede ayudar a trabajar sobre esas brechas ofrenciendo capacitación, tutorías, asistencia técnica, herramientas de evaluación, comunicación, gestión y movilización de recursos. El valor no está solamente en acceder a esos apoyos, sino en hacerlo dentro de un entorno donde otros actores enfrentan desafíos similares y pueden compartir experiencias, soluciones y aprendizajes.

Esto permite que cada red no tenga que resolver por sí sola problemas que se repiten en muchos procesos colectivos y que las capacidades desarrolladas en una experiencia puedan circular y ser aprovechadas por otras.

Generar mejores condiciones, también, para quienes aportan recursos
El modelo también puede producir valor para empresas, fundaciones, cooperación internacional, organismos públicos y otros actores interesados en apoyar procesos de impacto colectivo.

Quienes movilizan recursos suelen enfrentar sus propios desafíos para: identificar iniciativas sólidas, comprender sus capacidades reales, hacer seguimiento, financiar, evaluar resultados y sostener vínculos con múltiples organizaciones al mismo tiempo. Una comunidad con una organización coordinadora puede asumir parte de esas funciones y generar mejores condiciones para la toma de decisiones además de agregar y apalancar recursos de forma inteligente, efectiva y eficiente.

Esto puede incluir criterios comunes de selección, procesos de due diligence, seguimiento, evaluación, administración y producción de información. Para quienes aportan, supone mejor información para decidir, menores costos de coordinación y una mirada más amplia y compartida, con múltiples actores, sobre el ecosistema en el que participan.

El rol de una organización backbone

Para que esa articulación funcione, hace falta una organización capaz de sostener aquello que ocurre entre los distintos participantes. Ese es el rol de una organización backbone. Su función no consiste en reemplazar a las redes ni en concentrar las decisiones, sino en facilitar la colaboración y ofrecer capacidades que sería costoso o poco eficiente desarrollar por separado. Puede ordenar información, acompañar procesos, administrar recursos, facilitar acuerdos, conectar oportunidades, producir conocimiento y sostener mecanismos de gobernanza compartida (entre inversores, entre redes y en relación con todo el ecosistema).

También puede cumplir una función de traducción entre actores que trabajan con lógicas diferentes. Las empresas tienen determinadas exigencias presupuestarias y de rendición; la cooperación utiliza marcos e indicadores específicos; los gobiernos operan bajo otras reglas; las organizaciones territoriales tienen tiempos, capacidades y necesidades propias.

Una organización coordinadora puede ayudar a articular esas diferencias y convertirlas en capacidades complementarias, fortaleciendo la colaboración sin apropiarse del proceso y ampliando la autonomía de quienes participan.

Construir comunidad entre todos los que participan

Otro valor importante aparece cuando las relaciones dejan de ser solamente bilaterales entre quien aporta y quien recibe.

Cuando el conocimiento, el poder y los recursos circulan de manera sistemática, la comunidad empieza a generar un patrimonio común de capacidades, experiencias y oportunidades. Para las organizaciones participantes, esto amplía el acceso a recursos que no son solamente financieros. Para quienes aportan, aumenta la posibilidad de que su inversión produzca efectos multiplicadores y exponenciales que excedan a cada iniciativa individual.

Diversificar recursos y amplificar oportunidades

Una comunidad también puede facilitar la convergencia de distintas fuentes de apoyo. Empresas, filantropía, cooperación, sector público y otros actores pueden participar con recursos económicos, conocimiento, capacidades técnicas, contactos o infraestructura, sin necesidad de hacerlo todos de la misma manera.

Para las redes, esto puede significar mayor diversificación y menor dependencia de una única fuente. Para quienes aportan, permite compartir riesgos, complementar capacidades y participar de procesos de mayor alcance.

El financiamiento, en este contexto, deja de ser una relación aislada entre un aportante y una organización y pasa a integrarse a una propuesta más amplia de fortalecimiento, aprendizaje y articulación multisectorial.

Una comunidad que conecta recursos y capacidades

La posibilidad de combinar recursos financieros con conocimiento, acompañamiento, evaluación, comunicación, conexiones y aprendizaje entre pares permite construir una propuesta de valor más completa para todos los participantes.

Las redes acceden a mejores condiciones para fortalecer su organización y ampliar su impacto. Quienes aportan encuentran mejores mecanismos para canalizar recursos, comprender los procesos que acompañan y tomar decisiones con mayor información. La organización coordinadora, a su vez, conecta esas capacidades y ayuda a que funcionen de manera complementaria ganando profundidad y escala en el mediano y largo plazo.

El resultado no depende solamente del volumen de recursos disponibles, sino de la calidad de las relaciones, de los mecanismos de gobernanza y de la capacidad de convertir aportes diversos en oportunidades concretas de fortalecimiento.

Más capacidad para actuar y transforma (nos) juntos

La principal ventaja del modelo aparece cuando quienes participan se fortalecen al mismo tiempo. Las redes acceden a recursos, capacidades y conexiones que amplían su posibilidad de sostener y desarrollar su trabajo, mientras que quienes movilizan recursos encuentran mejores condiciones para acompañar procesos colectivos con mayor información, aprendizaje y capacidad de seguimiento. Una comunidad de este tipo genera valor cuando consigue que sus integrantes estén en mejores condiciones para alcanzar sus propios objetivos y, al mismo tiempo, aumenta la capacidad del conjunto para construir resultados que difícilmente podrían producirse por separado.

Potenciar

[posse, -ntia] Latín

“Comunicar fuerza o energía a una cosa o incrementar la que ya tiene”.

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